
En el poderoso comienzo del primer capítulo de Luther (2010), una serie policial de la BBC que en su primera temporada ha contado con seis episodios, un hombre trajeado huye, de modo desesperado, de otro hombre al que sólo vemos de espaldas y que camina con gran determinación, como una fuerza bruta en pos de su presa. Las pisadas del perseguidor, quien es retratado incidiendo en su corpulencia, en su cuerpo de considerable envergadura, están amplificadas como clara señal de su presencia amenazante. El hombre acosado pronto será acorralado, y entonces vemos un primer plano de la mirada de un personaje y del otro. Por un lado, la mirada de alguien furioso; por otro, la de alguien atemorizado, consciente de que ha sido atrapado. Lo que sucede a continuación supone un conflicto moral para Luther, el policía, que en seguida descubrimos que no es otro que es el perseguidor, mientras que la presa es un objetivo policial, un criminal, un indeseable que sería mejor eliminar de la circulación permanentemente. No desvelaré nada más acerca de la resolución de esta primera escena que ya adelanta la oscuridad que habrá de atravesar el protagonista.
Porque Luther es una producción televisiva con marchamo de calidad BBC que, a partir de los conocidos códigos del género policial y detectivesco, se sumerge en el interior de ese inspector interpretado a las mil maravillas por un imponente Idris Elba, el célebre Stringer Bell de The Wire (2002-2008). Contundente como nadie, pero también muy inteligente, usa la maña y la fuerza indistintamente, según se requiera en cada momento. Tras caer en un profundo agujero, personal y profesional, como consecuencia de lo que acontece en el arranque de la serie, los retos problemáticos que le atormentarán son, en principio, dos: su relación rota con su mujer (Indira Varma) y su peligrosísimo duelo con una mente femenina enfermiza y superdotada.
Otro aspecto a tener en cuenta: los espacios grises y vacíos en los que se mueven los personajes en un entorno urbano frío. La sensación de soledad y de distancia. Muy significativo, en este sentido, resulta el interrogatorio de una mujer que deviene sospechosa de un sangriento crimen: los planos están confeccionados relegando a los personajes a los márgenes del encuadre.
Para saber más, pinchad en el siguiente y estupendo texto de Carlos Reviriego en su blog de “El Cultural”: AQUÍ.
Y, además, copio aquí un pequeño fragmento correspondiente al artículo que José Manuel López ha escrito en el número 43 de la revista “Cahiers du Cinéma España” de marzo a propósito de la serie: “(…) Esta ambigüedad moral se expandirá por toda la serie: seis capítulos, seis horas compactas de un policial brillante, estilizado y frío como el Londres en el que se ambienta. Neblinas del alma que podíamos considerar muy british (como Wallander o Spooks) o perfectamente universales: hombres consumidos, inestables y siempre al límite. No es nada nuevo. Pero, ¿quién necesita justificar que el mayor placer del espectador contemporáneo es paladear esas ligeras variaciones que hacen que todo sea diferente? Yo no, desde luego, ni tampoco tamizar mis obsesiones: la mirada cargada de odio de Luther, su corpachón doliente y cansado y su búsqueda incesante me llevan directamente al John Wayne de Centauros del desierto (y a su cruzada vengativa, a la que Luther tampoco es ajeno). De los protagonistas de las películas de Michael Mann al Jack Bauer de 24, pasando por el Spartan de Mamet o el Tony Leung de Infernal Affairs hasta la mencionada Wallander o la saga de Jason Bourne, John Luther es sólo una encarnación más del hombre de ley que suele terminar odiándose a sí mismo y a todo lo que le rodea, y pareciéndose demasiado a aquellos a los que persigue”.