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"¿Y ahora qué?", es lo que pregunta retóricamente John Luther, el policía interpretado por el gran Idris Elba, en el final del sexto (y último) capítulo de la primera temporada de la serie Luther. En los dos últimos episodios, auténticos torbellinos narrativos repletos de tensión, suspense, drama y violencia, el espectador se siente atenazado por las artes de un guión que no da tregua y por unos actores excelentes. El entuerto es fascinante porque los personajes han accedido, por mor de las circunstancias, a una condición muy distinta a la que tenían tiempo antes, siendo una vuelta de tuerca que abre muchas posibilidades de cara al futuro. 
Y es que en estos seis capítulos que han compuesto la fulgurante temporada, hemos vibrado con los diversos casos que ha tenido que afrontar el protagonista, un hombre tan rudo como sensible, que, a nivel personal y profesional, ha sufrido un tormento de considerables proporciones debido a su propia personalidad impulsiva, a su sentido de la justicia y a sus tirantes relaciones con otros personajes: su esposa, el “amante” de su esposa, un policía (amigo) corrupto y una inquietante mujer, se supone que villana, con una cabeza privilegiada…
En la imagen, los teóricos antagonistas, John Luther y Alice Morgan (la cerebral y gélida mujer fatal), conversan solos, maquinando qué estrategia seguir, con la gran ciudad a sus espaldas, estilizado telón de fondo de este drama criminal británico de la BBC. Colaboran, unen sus esfuerzos, se funden… Ambos, a diferentes lados de la ley, aúnan sus fortalezas para superar barreras y derribar fronteras morales. Sólo ellos, en su ambigüedad y profunda soledad, se entienden.   

"¿Y ahora qué?", es lo que pregunta retóricamente John Luther, el policía interpretado por el gran Idris Elba, en el final del sexto (y último) capítulo de la primera temporada de la serie Luther. En los dos últimos episodios, auténticos torbellinos narrativos repletos de tensión, suspense, drama y violencia, el espectador se siente atenazado por las artes de un guión que no da tregua y por unos actores excelentes. El entuerto es fascinante porque los personajes han accedido, por mor de las circunstancias, a una condición muy distinta a la que tenían tiempo antes, siendo una vuelta de tuerca que abre muchas posibilidades de cara al futuro. 

Y es que en estos seis capítulos que han compuesto la fulgurante temporada, hemos vibrado con los diversos casos que ha tenido que afrontar el protagonista, un hombre tan rudo como sensible, que, a nivel personal y profesional, ha sufrido un tormento de considerables proporciones debido a su propia personalidad impulsiva, a su sentido de la justicia y a sus tirantes relaciones con otros personajes: su esposa, el “amante” de su esposa, un policía (amigo) corrupto y una inquietante mujer, se supone que villana, con una cabeza privilegiada…

En la imagen, los teóricos antagonistas, John Luther y Alice Morgan (la cerebral y gélida mujer fatal), conversan solos, maquinando qué estrategia seguir, con la gran ciudad a sus espaldas, estilizado telón de fondo de este drama criminal británico de la BBC. Colaboran, unen sus esfuerzos, se funden… Ambos, a diferentes lados de la ley, aúnan sus fortalezas para superar barreras y derribar fronteras morales. Sólo ellos, en su ambigüedad y profunda soledad, se entienden.   

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El arranque de “Luther”

En el poderoso comienzo del primer capítulo de Luther (2010), una serie policial de la BBC que en su primera temporada ha contado con seis episodios, un hombre trajeado huye, de modo desesperado, de otro hombre al que sólo vemos de espaldas y que camina con gran determinación, como una fuerza bruta en pos de su presa. Las pisadas del perseguidor, quien es retratado incidiendo en su corpulencia, en su cuerpo de considerable envergadura, están amplificadas como clara señal de su presencia amenazante. El hombre acosado pronto será acorralado, y entonces vemos un primer plano de la mirada de un personaje y del otro. Por un lado, la mirada de alguien furioso; por otro, la de alguien atemorizado, consciente de que ha sido atrapado. Lo que sucede a continuación supone un conflicto moral para Luther, el policía, que en seguida descubrimos que no es otro que es el perseguidor, mientras que la presa es un objetivo policial, un criminal, un indeseable que sería mejor eliminar de la circulación permanentemente. No desvelaré nada más acerca de la resolución de esta primera escena que ya adelanta la oscuridad que habrá de atravesar el protagonista.  

Porque Luther es una producción televisiva con marchamo de calidad BBC que, a partir de los conocidos códigos del género policial y detectivesco, se sumerge en el interior de ese inspector interpretado a las mil maravillas por un imponente Idris Elba, el célebre Stringer Bell de The Wire (2002-2008). Contundente como nadie, pero también muy inteligente, usa la maña y la fuerza indistintamente, según se requiera en cada momento. Tras caer en un profundo agujero, personal y profesional, como consecuencia de lo que acontece en el arranque de la serie, los retos problemáticos que le atormentarán son, en principio, dos: su relación rota con su mujer (Indira Varma) y su peligrosísimo duelo con una mente femenina enfermiza y superdotada.

Otro aspecto a tener en cuenta: los espacios grises y vacíos en los que se mueven los personajes en un entorno urbano frío. La sensación de soledad y de distancia. Muy significativo, en este sentido, resulta el interrogatorio de una mujer que deviene sospechosa de un sangriento crimen: los planos están confeccionados relegando a los personajes a los márgenes del encuadre.

Para saber más, pinchad en el siguiente y estupendo texto de Carlos Reviriego en su blog de “El Cultural”: AQUÍ.

Y, además, copio aquí un pequeño fragmento correspondiente al artículo que José Manuel López ha escrito en el número 43 de la revista “Cahiers du Cinéma España” de marzo a propósito de la serie: “(…) Esta ambigüedad moral se expandirá por toda la serie: seis capítulos, seis horas compactas de un policial brillante, estilizado y frío como el Londres en el que se ambienta. Neblinas del alma que podíamos considerar muy british (como Wallander o Spooks) o perfectamente universales: hombres consumidos, inestables y siempre al límite. No es nada nuevo. Pero, ¿quién necesita justificar que el mayor placer del espectador contemporáneo es paladear esas ligeras variaciones que hacen que todo sea diferente? Yo no, desde luego, ni tampoco tamizar mis obsesiones: la mirada cargada de odio de Luther, su corpachón doliente y cansado y su búsqueda incesante me llevan directamente al John Wayne de Centauros del desierto (y a su cruzada vengativa, a la que Luther tampoco es ajeno). De los protagonistas de las películas de Michael Mann al Jack Bauer de 24, pasando por el Spartan de Mamet o el Tony Leung de Infernal Affairs hasta la mencionada Wallander o la saga de Jason Bourne, John Luther es sólo una encarnación más del hombre de ley que suele terminar odiándose a sí mismo y a todo lo que le rodea, y pareciéndose demasiado a aquellos a los que persigue”.

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"Mad Detective" (2007), de Johnnie To

MAD DETECTIVE (SUN TAAM, 2007)

Sinopsis

El detective Bun tiene un don: es capaz de ver las personalidades ocultas de los demás y de averiguar lo sucedido simplemente entrando en contacto con el lugar de los hechos o con algún objeto relacionado. Su formidable capacidad extrasensorial le ha permitido resolver multitud de casos, pero su locura le jugó una mala pasada y se vio obligado a dejar el oficio. Tiempo después, el detective encargado de un caso que implica la extraña desaparición de un policía y de su pistola, un arma que está siendo usada para perpetrar crímenes, reclama a Bun que le ayude en la investigación. 

Comentario

Se ha tildado a Mad Detective (Sun taam, 2007) de título quizás menor en la filmografía de un Johnnie To que, justo antes, había alcanzado su mayor reconocimiento internacional a raíz de las magistrales y despiadadas odiseas gangsteriles Election (Hak se wui, 2005) y Election 2 (Hak se wui yi wo wai kwai, 2006), basadas en las violentas rivalidades y conflictos de intereses en el seno de las Tríadas de Hong Kong, y de ese interesante ejercicio de estilo iconográfico con aroma a noir melvilliano y western (a caballo entre Leone, Peckinpah y Boetticher) titulado Exiled (Fong juk, 2006). El director, tras una larga trayectoria en la que ya destacó ofreciendo encajes de bolillos formales como The Mission (Cheung fo, 1999) o Breaking News (Daai si gin, 2004), había dado el salto cualitativo hacia una madurez estilística encomiable que evidenciaba un dominio abrumador de la puesta en escena, del espacio y el tiempo, y del movimiento de las figuras en un encuadre estudiado al máximo. A estas virtudes se unía el más que probable parentesco del prolífico To con el cine, entre otros, de Jean-Pierre Melville, Sergio Leone, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Sam Peckinpah o Budd Boetticher. Vínculos ilustres, en temas y formas, para un cineasta sobrado de talento visual, sensible a la armonía y la composición y cuyo pulso narrativo cada vez se estima más firme y preciso según crece su ya considerable filmografía.

Mad Detective, que podríamos encuadrar en el thriller, el cine negro y el policial, se adscribe en alguna medida al género fantástico en tanto que su pintoresco y excéntrico protagonista, el detective Bun (Ching Wan Lau, sensacional), ostenta el don de visualizar las personalidades internas de los demás y de poder revivir lo ya sucedido simplemente estando en el lugar de los hechos o tocando un objeto relacionado. Esta facultad especial de percepción le permitió a Bun resolver casos complicados en el pasado, pero también lo ha situado en el desequilibrio mental, lo que supone el rechazo de su entorno. Ahora, fuera del cuerpo de policía, es reclamado por otro detective, mucho menos curtido y experimentado, para que le ayude a esclarecer un misterio: la desaparición de un policía y de la pistola de éste, que alguien está usando para cometer crímenes y robos.

Retomando el comienzo de esta reseña, no han faltado las voces que han considerado esta película como escasamente relevante en la obra de To debido a su aparente ligereza. En efecto, no estamos ante una propuesta del calado, la amplitud y la gravedad del díptico Election, por ejemplo, ya que Mad Detective tiene dentro de sí un ánimo de desmelene, de divertimento, de filme desacomplejado, refrescante y libre que no teme las extravagancias ni el sentido del humor, en este caso procedentes del citado detective Bun, un personaje sui generis de lo más curioso, un antihéroe que ronda el drama personal, el destino trágico y la locura. Se trata, en verdad, de una cinta más pequeña y menos ambiciosa en cuanto al objeto de lo narrado. Y no por ello, evidentemente, creo que debamos tenerla en menor aprecio.

Sea como sea, parece obvio que no puede haber reticencia alguna en cuanto a su extraordinario aspecto visual, que ofrece un uso excelente de la profundidad de campo, de las luces y las sombras, del travelling y las panorámicas y de la dinámica de la cámara, caracterizada por unos movimientos suaves y exactos; y más admirable aún resultan las imaginativas y audaces soluciones que emplea To (y Ka-Fai Wai, codirector, coguionista y coproductor) para mostrarnos físicamente, y esto es un hallazgo, las distintas y múltiples personalidades de un policía sospechoso: así, vemos a diversos actores que representan, valga la redundancia, las personalidades de un mismo policía. Envidiable es el control del montaje, la ubicación de los caracteres en el plano, el encadenado de planos, la capacidad para establecer varios puntos de atención en una misma escena, la fluidez del progreso narrativo… Todo un compendio, en definitiva, de recursos de una elevada belleza formal en perfecta sintonía; una coreografía de personajes y acciones a partir de un ramillete de hermosas decisiones estilísticas que riman unas con otras.

Y no nos llevemos a engaño: no se descuida en absoluto la definición psicológica de los personajes, que son perfilados no verbalizando ni mediante subrayados, sino a partir de sus gestos, actitudes, acciones, omisiones y posturas, a lo que se añade, hay que insistir, la visualización de las personalidades ocultas antes mencionadas, lo que da pie a una originalidad sorprendente. A ojos de Bun, el complejo Chi Wai, sospechoso máximo del caso en proceso de investigación, tiene en su interior un conflicto esquizoide entre siete personalidades, siendo algunas de ellas una mujer calculadora, un ingenuo gordinflón o un matón sin escrúpulos, de modo que se comporta y actúa según el dictado de esa complejidad. Y aquí, para ilustrar aún más lo expuesto, hemos de citar este fragmento perteneciente a la crítica de la película que Roberto Cueto escribió en la revista Cahiers du Cinéma España (número 23, mayo de 2009): “(…) nos hallamos ante un cineasta poco dado a la profundización psicológica a través de los procedimientos recomendados en todos esos manuales del buen guionista. En el cine de To esa percepción surge de otros matices, de la gesticulación, de la manera de moverse o coger una pistola, de la poderosa iconicidad de unas criaturas que nos emocionan por la inaprensible belleza de su superficie. No es raro entonces que, cuando el director se plantee filmar lo que está dentro de la cabeza de sus personajes, recurra a esa misma corporeidad, a la contundencia de una imagen estrictamente física y en absoluto simbólica.” 

Como guinda de este artilugio lleno de desparpajo y encabezado por el poder de la imagen depurada, el negrísimo clímax final conlleva un particular homenaje a los espejos de La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947), donde Orson Welles orquestó un laberinto de reflejos que refrendaba bien a las claras las dobleces de sus personajes. Aquí, el espejo es el detalle idóneo que refuerza, rizando el rizo, la esquizofrenia de los implicados, que zanjan el enfrentamiento en un irónico y nada acomodaticio desenlace.

Mad Detective, soberbia de principio a fin, satisfactoria de cabo a rabo, forma parte de la vena juguetona del virtuoso cine de Johnnie To, quien recientemente nos ha brindado otra magnífica película, Vengeance (Fu chou, 2009), que consiste en una nueva fusión estilizada del polar francés, el western crepuscular y el costumbrismo en un relato reducido a la esencia de la venganza, la nostalgia del pretérito, el sacrificio épico y la grandeza de los iconos que actúan conforme a un código.